07 noviembre 2009

Soledad

Soledad / Salvador Dali


Apenas puedo ver la tele. O mejor dicho, casi no soporto la televisión.
Así que me dedico a ver series o películas cuando tengo tiempo.
La otra tarde mientras me tomaba un café y hacía tiempo para volver a macharme a lo de las clases de la uni, encendí el omnipresente cacharro y compareció una especie de reportaje que hacían en la ETB sobre la carestía de los pisos.
Entrevistados por una señorita salían de vez en cuando algunos que intentaban vender su propiedad, e incluso una mujer inquietante que quería un inquilino.
Pero lo que me llamó la atención fueron las intervenciones intercaladas de una señora madura que vendía una casa de campo con su anexo para hacer turismo rural.
La casa era enorme, con verdadero lujo. No lujo de elementos caros, que los tenía, sino del lujo de vivir bien.
Los detalles, la distribución, la forma de las habitaciones, todo en fin era el reflejo de alguien que sabía lo que era bueno y quería tenerlo.
Ella iba abriendo habitaciones, armarios, estancias en las que había dejado su existencia durante más de treinta años, e iba mostrando las cualidades del producto. Las enunciaba con cuidado, con palabras precisas, con aparente tranquilidad, pero el tono de la voz era el de alguien que de un momento a otro va a romper a llorar.
Seguí viendo, escuchando atenta, hasta que deduje que no, que no iba a llorar porque ya lo había llorado todo.
Era el sonido que se le había quedado para siempre, un tono quejumbroso, algo quebrado, descendente siempre.
Fueron intercalando otras ofertas, otras vidas, y ya al final volvió a aparecer aquel paisaje idílico, aquella casa preciosa y la figura de la elegante mujer al fondo.
Su voz quebradiza contaba como era un lugar estupendo para vivir, donde se habían criado sus hijos, y que la posibilidad del negocio lo hacía, si cabe, más atractivo.
La entrevistadora, supongo que con la misma malsana curiosidad que yo tenía, le preguntó la razón de venderla, y ella perdiendo la vista contestó "Ha habido una separación y ahora ya no me puedo ocupar de la casa, tengo que pensar en mi".

A los cincuenta y muchos iba a pensar en ella.
Nunca es tarde, verdaderamente, pero supongo que le va a costar trabajo.
Lo digo por experiencia.
Es bueno recordar el Diccionario del diablo de Bierce en estos casos.

Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.

Egoísta, adj. Sin consideración por el egoísmo de los demás.

11 octubre 2009

Juego de espejos



El espejo de Venus / Edward Burne Jones




Que se me olvidó poner esta entrevista de mi alumno, y sin embargo amigo, en su momento.

Yo supongo que cuando pase noviembre podré retomar cierta tranquilidad.

Ya veróns...

Félix Goñi.Juego de espejos (20/09/09)

03 octubre 2009

LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS...

17 septiembre 2009

Villancico


Canción de amor / Jean-Antoine Watteau


Más vale trocar
plazer por dolores
que estar sin amores.

Donde es gradecido
es dulce el morir;
bivir en olvido,
aquél no es bivir;
mejor es sufrir
passión y dolores
que estar sin amores.

Es vida perdida
bivir sin amar
y más es que vida
saberla emplear;
mejor es penar
sufriendo dolores
que estar sin amores.

La muerte es vitoria
do bive afición,
que espera aver gloria
quien sufre passión;
más vale presión
de tales dolores
que estar sin amores.

El ques más penado
más goza de amor,
quel mucho cuydado
le quita el temor;
assí ques mejor
amar con dolores
que estar sin amores.

No teme tormento
quien ama con fe,
si su pensamiento
sin causa no fue;
aviendo por qué
más valen dolores
que estar sin amores.



Me cuesta a veces mantenerme al margen, mirar a otra parte, cerrar los oídos, cuando estoy con parejas de largo recorrido.
Hay un ritual intrincado de sobrentendidos, gestos, silencios, frases hechas, intenciones, que me produce escalofríos.
Si realmente fuera complicidad, la que se tiene con viejos amigos, la del respeto infinito, lo notaría.
Conozco todas sus claves.
No es eso. Es ese producto resobado, raído, de la convivencia impuesta.
Auto impuesta.
Recuerdo una escena de una película en la que Jack Lemmon intentaba hacer comprender al jurado que él no había matado a su esposa, pero que en el cómic que había dibujado el héroe podía hacerlo apretando un botón. Y tras un leve relato de los espantos de la convivencia se veían dedos y más dedos apretando el imaginario botón del dibujo.
El divorcio, el comenzar de nuevo, el barrido de vida, es algo que como ya dije alguna vez solo se pueden permitir los pudientes y a veces ni ellos, según el convenio prematrimonial.
No digamos ya si hay descendencia, entonces es una tarea titánica, ni fabricándose una nueva existencia se pueden librar para los restos de la ingesta perpetua de aquel fracaso.

Leo con regocijo que la crisis ha hecho descender las estadísticas de separaciones tras el verano.
No me extraña. Aún sin hijos, hacer una mudanza resulta insoportable, cara y peligrosa. Te pierden partituras, te rompen copas... y encima hay que volver a comprar los mismos cachivaches.
Cuando no hay que comprarse otro piano...

Hablando con un amigo este verano, mientras me contaba aterrado las andanzas de un pariente cercano en plena locura amorosa, estuve dándole vueltas, recordando lo que se sentía, aquel vértigo, la locura aquella de querer estar con el otro, como un siamés.
Casi me da un ataque de alergia.

Generalmente los que no han amado nunca, por no saber, o por demencia literaria (me refiero a gente loca, mujeres generalmente, que dan en pedradas tales como hacerse ilusiones hasta con hologramas) sueñan con la pasión amorosa y gracias a ello viven en un estado adrenalínico que acaba siendo letal para su salud mental.
Los que lo han hecho alguna vez (¡naturalmente que se puede uno enamorar varias veces!) se suelen dar por satisfechos cuando encuentran un buen amigo para convivir.
Salvo los que se adiccionan a la adrenalina esa y acaban más que locos, lelos.

Cuando se ha amado demasiadas veces, solo se necesita silencio e intimidad.
En soledad, por supuesto.

Juan del Encina lo tenía claro. Entonces no se sabía lo de las feromonas, la adrenalina y la serotonina, pero estaba claro. Tal y como lo describe está hablando de un sufrimiento asumido.
Va en el Kit e impresiona.
Se comprende que tras su poética existencia creativa por cortes y palacios, acabara siendo sacerdote.

No quisiera que se me malentienda. Estoy segura de que es posible convivir mucho tiempo con alguien a quien alguna vez (afortunadamente se pasa) se amó. Pero creo que es un privilegio para personas con muy buena educación. Ambas dos.

La educación a la que me refiero, por extinta o infrecuente, merecería capítulo especial.
No creo que me ponga a ello...